Cine Argentino 2016: Solidez en todas las líneas, salvo en cantidad de pantallas

Por Horacio Bernades (Página 12)

Conviene ser prudente, porque hay números que todavía no son definitivos, pero los que trascendieron hasta ahora estarían indicando, con las reservas del caso, un muy buen año para el cine argentino. Más allá de la cifra siempre record de estrenos (todos los años son más), durante esta temporada, que fue muy buena en recaudaciones (excelente durante el primer semestre, después se fue cayendo), lo que se conoce como market share –la parte del mercado de la que un jugador se apropia– habría sido, para el cine argentino, el más alto en mucho tiempo. Se habla de un 18 %, cuando en los últimos años venía siendo de poco más de la mitad. La debilidad sigue siendo la misma que signa al cine argentino de la última década y más: en términos comerciales o industriales, existe dentro de los límites del top ten y a duras penas hasta ahí; de ahí para abajo es un cine que se ve poco y nada. En verdad, a esta altura habría que empezar a hablar no del cine argentino sino de los cines argentinos: el de las diez que se ven y las 150 (este año) que se ven poco o nada.

La diferencia es que en términos de calidad y eficacia el cine argentino se mostró este año con una robustez en todas las categorías que parece estar hablando de un punto de arribo. Las hay mejores y peores, pero ninguna de las diez más vistas es una descarada operación comercial. Vista por casi dos millones de espectadores (la más vista de Adrián Suar y Juan Taratuto), Me casé con un boludo empieza con velocidad, variedad y electricidad. Le duran media hora, cuarenta y cinco minutos. Después de eso se extravía y es como que a Suar le da por mostrar que si se lo propone puede convocar más famosos que Mirtha Legrand, y al guionista Pablo Solarz escribirle un unipersonal a Valeria Bertuccelli. Película perdida. Puede ser que a la segunda más vista del año (Gilda, no me arrepiento de este amor) le haya faltado algo de pimienta, lo que los comentaristas deportivos llamarían “explosión”. Pero es una biopic dignísima, producida a conciencia y sostenida sobre un rotundo acierto de casting: el de Natalia Oreiro como Miriam Bianchi. Equivalente fílmico a una novela romántica, con lindas postales y parejita soñada, El hilo rojo tenía todo para ser una película invisible, y sin embargo logra trascender todas sus convenciones gracias a las comprometidas actuaciones de Eugenia Suárez y Benjamín Vicuña, y un elocuente uso de los primeros planos a cargo de la realizadora Daniela Goggi.

La eficacia de El ciudadano ilustre se basa en su explotación de la tipología. Tipología del intelectual europeizado vs tipología del pueblo chico que atrasa: misantropía doble, la de la tríada Duprat-Cohn-Duprat. La vuelta de tuerca final, presuntamente metalingüística, no suma ni resta a la ecuación realidad/ficción: da lo mismo que esté o no esté, para lo único que sirve es para revestir a la película de un barniz de pretendida sofisticación intelectual. Inseparables es, como El hilo rojo, una película mejor de lo que podía esperarse. Remake de un original francés, la original era un crowd pleaser que no esquivaba ninguna fórmula, obviedad o golpe bajo para consumar sus objetivos. Cosa infrecuente, la remake de Marcos Carnevale es mejor. Es más digna, más convincente, menos formateada (aunque Rodrigo de la Serna de a ratos parece un Minguito en versión pesuti, el resto del elenco está excelente).

El Star-Sistema

Aunque no del todo redonda, Permitidos es un muy atendible aggiornamiento de la screwball comedy estadounidense, que además tiene el enorme mérito de haber sabido reconocer en Lali Espósito a una comediante potencialmente arrasadora. Así lo confirma una de las escenas del año del cine argentino: esa en la que la ex “Esperanza mía” estalla después de un problemita de tránsito, lanzándose a un mar de puteadas digno de Violencia Rivas. Pero la película rotundamente buena del top ten es Al final del túnel, del rosarino Rodrigo Grande. Policial de guion muy estructurado, lleno de peripecias y de cartas en la manga, es el tipo de película que fácilmente puede caer en lo artificioso, lo excesivamente armado, lo carente de vida, lo eventualmente tramposo. Nada de todo eso. Más allá de alguna ligera debilidad, vinculada con la chica de turno, que suena un poco “puesta”, la película escrita y dirigida por el realizador de Rosarigasinos (2001) y Cuestión de principios (2009) (policiales mucho más retro y moralizantes) es intensa, ingeniosa, atrapante y filmada y actuada con dientes apretados.

Hablando de actuaciones, en Al final del túnel héroe y villano son Leonardo Sbaraglia y Pablo Echarri. Sbaraglia estuvo también en Sangre en la boca y va a hacerlo en Nieve negra, que se estrena ahora en enero y donde comparte cartel con Ricardo Darín, que viene de protagonizar Kóblic y en 2017 será el Presidente de la Nación en La cordillera, de Santiago Mitre. Oscar Martínez hizo lo propio en El ciudadano ilustre, Inseparables y Kóblic. Rodrigo de la Serna estuvo en Inseparables, Camino a La Paz y Cien años de perdón. Ninguno de ellos va a garantizar el éxito de una película del modo en que puede hacerlo Ricardo Darín, pero ojo: 1) con Darín y todo, a Kóblic no le fue bien; 2) a ninguna de las películas protagonizadas por Sbaraglia, Martínez, De la Serna y Echarri le fue mal. Daría la impresión de que se está conformando un virtuoso star system de calidad en el cine argentino, al que lamentablemente le están faltando chicas, con la única posible excepción de Natalia Oreiro y Erica Rivas. Y eso (lo del star system) en términos de público siempre es buena noticia.

Expatriados de la tele

Con una única salvedad, las diez películas del top ten tienen dos cosas en común: son distribuidas por las majors estadounidenses y tienen apoyo de los canales de televisión. Sin ese espaldarazo no se lleva gente a las salas. Se hace necesario encontrar otras formas de difusión. Películas como Camino a La Paz e Hijos nuestros, óperas primas de Francisco Varone y Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez respectivamente, que no fueron ningún fracaso, podrían haber llevado más público de haber tenido mayor difusión. Ambas son casos de películas-fórmula (en los papeles), que hacen funcionar sus fórmulas como disparadores, como mcguffins si se quiere, para lanzarse a partir de ellos en busca de verdades de los personajes. En el caso de Camino a La Paz, muchacho medio desorientado (de la Serna, más contenido acá que en Inseparables) se cruza con anciano parco y medio mandón (el veterano actor teatral Ernesto Suárez) y se produce el clásico encuentro de contrarios. En Hijos nuestros, un ex jugador de fútbol y actual fana de San Lorenzo, supersolitario (Carlos Portaluppi) conoce madre separada con hijo y hacen migas, pero la cosa no es tan fácil. Ambas son películas de narración transparente pero con un dejo de amargura, de entripado, de gato encerrado. Sobre todo Hijos nuestros.

Bastante peor le fue a otra de las películas del año, que tampoco contaba con la fórmula del éxito major + TV. Fotografiada en un esplendoroso blanco y negro, La luz incidente marca un gran salto adelante para Ariel Rotter, realizador de Sólo por hoy y El otro. Ubicada en los años 60 y centrada en la viudez de una mujer joven, la película escrita y dirigida por Rotter logra evocar la época no sólo a través de la exquisita dirección de arte de Ailí Chen: la discreta pero persistente presión de la madre, sus propias dudas con respecto a su futuro y la aparición de un candidato de rasgos intrusivos pintan un mundo en el que la mujer todavía debía ir a la zaga del hombre. En la notable El rey del Once, Daniel Burman, en un gesto de honestidad poco frecuente, reconoce que en sus últimas películas (Dos hermanos, La suerte en tus manos, El misterio de la felicidad) se le había torcido el rumbo artístico. Clava el freno y vuelve por sus fueros con una de sus mejores películas, El rey del Once. No fue mucha gente a verla. ¿Por qué no fueron, si es inteligente, divertida, cargada de acontecimientos y hasta sexy? Será porque estaban mirando otro canal. Literalmente: ésta sí tenía apoyo de Telefé.

Volver al futuro

Uno de los méritos más notorios del cine argentino reciente es el modo en que se abordan ciertas fórmulas transitadas como si no lo fueran. La buddy movie en Camino a La Paz, el boy meets girl (o mister meets woman) de Hijos nuestros y La luz incidente, el reencuentro padre-hijo de El rey del Once y también el relato de disfuncionalidad adolescente y familiar en Juana a los 12, ópera prima de Martin Shanly (que Camino a La Paz, Hijos nuestros y Juana a los 12 sean óperas primas habilita optimismos, sobre todo si se les suman La larga noche de Francisco Sanctis, La noche, La chica de tacones amarillos y El invierno). ¿Por qué es tan buena Juana a los 12? Por el modo pudoroso pero indeclinable con que observa el mundo que rodea a la introvertida protagonista y sobre todo a ella, que es todo un misterio. Versión de una de esas novelas míticamente infilmables, El limonero real representa poco menos que una proeza a cargo de Gustavo Fontán. Proeza porque la novela de Juan José Saer es literatura pura, y el realizador de La orilla que se abisma fue implacable con ella a la hora de la adaptación, deshaciéndola y volviéndola a construir por medios cinematográficos. El resultado es una película por la que pasan el tiempo, el duelo, la ausencia, y a todo ello se lo siente como atributos físicos.

Si se habla de fisicidad debe hablarse de La noche, ópera prima del actor Edgardo Castro, en la que el propio Castro emprende un largo viaje de la noche hacia la noche, en la que el sexo ocasional y los estimulantes lo son todo, y la soledad de su protagonista también. A lo largo de dos horas quince, La noche es también una maratón de primeros planos y teleobjetivos, que difuminan los fondos y dejan en primer plano los rostros y los cuerpos. Sin embargo, curiosamente, la mejor escena es un paseo por el Once del protagonista con su mejor amiga, filmada en planos americanos. Con antecedentes en el documental, Andrea Testa y Francisco Márquez adaptaron un relato de Humberto Costantini en La larga noche de Francisco Sanctis. En él, el protagonista es contactado durante la última dictadura por una ex compañera de militancia que le pide que haga llegar un mensaje a unos compañeros en peligro. Él abandonó la militancia, y la situación le trae remordimientos. Si en La noche de Castro todo está a la vista, aquí ocurre exactamente lo contrario: la amenaza no se ve, pero se sabe que puede estar a la vuelta de la esquina. Si allí son primeros planos, acá son planos generales de calles vacías, que en cualquier momento podrían ser ocupadas por algún grupo de tareas. La noche es el reino de la visibilidad, La larga noche…, de lo no visible.

Una de esas películas que parecen salidas de la nada, en La niña de tacones amarillos Luján Loiocco logra plantear una analogía entre una adolescente jujeña típicamente seducida y abandonada por un porteño y la construcción de un hotel internacional en medio de los cerros, sin que esa analogía resulte obvia ni subrayada, y sin perder intensidad dramática. Ganadora de dos premios en San Sebastián y otros más por estos días, El invierno, ópera prima de Emiliano Torres, hace de la dureza del paisaje patagónico su clima humano. Grandes espacios inhabitados, temperaturas bajo cero, nieve, un hombre viejo que será relevado de su puesto y uno joven que entra: tragedia en puerta, en estos escenarios las cosas no se resuelven charlando. Por sobre ellos, los dueños de la estancia y el encargado. Seca y lacónica, El invierno es una clase de relato poco frecuente en el cine argentino, siempre amigo de significados o, por el contrario, hermetismos. En este caso se trata del relato fenomenológico, el imperio de hechos crudos, como puede serlo un western.

Otros mundos, este mundo

A lo largo del año se ratificó la calidad y diversidad del documental argentino. Tan salida de la nada como La niña de tacones…, Guido models, de Julieta Sans, hace foco sobre un hecho inusual –la presencia de un modisto de origen boliviano, que recluta modelos y organiza desfiles en la Villa 31–, capturando con enorme respeto, empatía y transparencia aquello que la televisión hubiera reflejado con amarillismo, demagogia o esa forma de la falsedad llamada corrección política. Una de las películas del año. Otro tanto puede decirse de Los pibes, de Leandro Colás, y Los cuerpos dóciles, de Diego Gachassin y Matías Scarvacci. La primera de ellas es un modelo de cine directo, que sigue con una cámara “invisible” los trabajos y los días de los cazadores de talentos de las inferiores de Boca Juniors, permitiendo al espectador ingresar a ese mundo con reglas propias. Como todo mundo bien observado, el de estos pibes y estos seleccionadores (entre quienes se incluye al Muñeco Madurga y Hugo Perotti) resulta fascinante, y Colás dota a su película de fluidez y de aire.

Los cuerpos dóciles tiene la inmediatez de una narración en vivo. Su protagonista es Adolfo García Kalb, abogado especializado en la defensa de “pibes chorros”. No es un abogado común: éste “curte” con sus defendidos, y si pierde un juicio se agarra la cabeza, se angustia, necesita fumarse un porro para fugarse de la realidad. La película se centra en el juicio de dos pibes que robaron un local, e incluye los diálogos a puertas cerradas entre el abogado y los defendidos, así como las grabaciones del juicio en directo. Otro mundo visto desde adentro, sin guardarse nada; otra de las películas del año. En El padre, Mariana Arruti no mira desde adentro: narra desde adentro su investigación sobre el destino de su padre, muerto en circunstancias sospechosas en 1973. En realidad esas circunstancias no parecen haber resultado sospechosas para nadie hasta ahora, cuando su hija emprende la investigación. Como sucedía en Trelew (2004), Arruti demuestra dominar el arte de la construcción progresiva de la narración, con un crescendo de información y emoción, tanto como del carácter metonímico de este relato individual. Otra candidata que el campo del documental aportó para el Top Ten del año.

El (im)posible olvido, de Andrés Habbeger (otra película sobre la búsqueda del padre), Mujeres de la mina, de Loreley Unamuno y Malena Bystrowicz, y Viviré con tu recuerdo, de Sergio Wolf, son otros de los documentales que permitieron confirmar, a lo largo del año, que ese campo está en buenas manos en este país.

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/11077-luces-y-sombras-del-cine-argentino-en-2016

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